Por Antonio Rosique y Rogelio Roa
Señoras y señores, el futbol es un gran negocio, pero se equivocan los que creen que sus reglas son las de un negocio tradicional. Es un juego noble con una industria despiadadamente cruel. A lo largo de mi vida he visto casos de éxito e historias terribles. He conocido a empresarios, gente trabajadora, que luego de invertir en un club dejaron de ser millonarios y pasaron a ser sólo hombres ricos; y también he visto, por supuesto, a personas comunes, muchos de ellos oportunistas sin escrúpulos, que se hicieron millonarios a costa de sangrar el juego.
Administrar un club de futbol va más allá de elegir al entrenador y mantener una estabilidad financiera. Implica proteger la identidad de un grupo de personas que encuentran en el juego una manera de expresarse. Esto es, justamente, en lo que ha fallado el futbol mexicano. Aun cuando este deporte es una industria multimillonaria en todo el mundo, el juego tiene todavía más elementos religiosos que comerciales. El bienestar social creado por el futbol es más grande que las ganancias económicas que genera y esta peculiaridad lo convierte en una industria extraordinaria, que requiere, a su vez, de ejecutivos extraordinarios, profesionistas especializados, capaces de proteger los resortes que hacen funcionar esta poderosa maquina de sueños. |